Bitácora de fe

El certificado y el corazón

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Cuando terminó el curso, Frank recibió su certificado. Había estudiado durante meses, leído libros, contestado evaluaciones y aprendido principios de liderazgo y consejería cristiana.

Al llegar a casa, colocó el certificado en un lugar visible de su estudio. Lo miró con satisfacción y pensó:

—Ahora estoy mejor preparado para ayudar a otros.

Durante los meses siguientes, comenzó a servir con mayor responsabilidad en la Iglesia. Aconsejaba, enseñaba, escuchaba problemas y animaba a otros a confiar en Dios.

Pero había algo que nadie veía.

Cuando alguien cuestionaba sus decisiones, se irritaba. Cuando otro líder recibía reconocimiento, sentía celos. Cuando alguien no seguía sus instrucciones, reaccionaba con dureza. Y después de cada situación, encontraba una explicación espiritual para justificar su reacción.

Una noche, mientras oraba, volvió a mirar el certificado.

Por primera vez se preguntó:

—¿Y si aprendí a ayudar a otros, pero todavía no he permitido que Dios trate conmigo?

Aquella pregunta cambió su oración.

Dejó de pedir solamente: «Señor, úsame».

Y comenzó a orar:

—Señor, examina mi corazón. Muéstrame aquello que todavía gobierna mis reacciones. Sana lo que todavía está herido. Corrige lo que he aprendido a justificar. No permitas que ministre desde mis heridas. Haz que mi carácter sea transformado antes de querer transformar a otros.

El certificado siguió en la pared.

Pero Frank comprendió que un certificado puede acreditar una formación, pero solamente una vida rendida a Dios puede demostrar una transformación.

La sanidad emocional del líder cristiano no termina cuando concluye un curso. Tampoco termina cuando recibe un reconocimiento. Es un proceso continuo de permitir que Dios examine el corazón, transforme el carácter y gobierne nuestras emociones.

Porque el verdadero liderazgo cristiano no debe brotar de heridas no tratadas, orgullo disfrazado de autoridad o emociones sin rendir, sino de una vida que continuamente se somete al Señor.

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón: pruébame y conoce mis pensamientos: y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.» — Salmo 139:23-24 (RV1909)

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