Dejen de robarle la cámara a Jesús

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En cierta iglesia cristiana, había hombres y mujeres que llevaban muchos años sirviendo.
Algunos tenían quince años en la congregación. Otros veinte. Habían organizado retiros, dirigido ministerios, predicado, coordinado grupos y acompañado a varias generaciones de creyentes.
Con el paso del tiempo, comenzaron a pensar que aquellos años les daban un derecho especial.
—Yo llevo aquí desde que esta iglesia comenzó —decía uno.
—He servido durante años; creo que ya me corresponde dirigir ese ministerio —decía otro.
—Después de todo lo que hemos hecho por la iglesia, no pueden pedirnos que volvamos a empezar —comentaba alguien más.
Y así, casi sin darse cuenta, la antigüedad comenzó a convertirse en una especie de credencial espiritual.
Pero había un problema.
Algunos de aquellos líderes conocían muy bien cómo dirigir una reunión, pero no sabían cómo gobernar sus propias emociones.
Sabían enseñar sobre el perdón, pero todavía guardaban resentimientos.
Hablaban de humildad, pero reaccionaban con enojo cuando alguien cuestionaba sus decisiones.
Enseñaban sobre restauración, pero nunca habían permitido que nadie examinara sus propias heridas.
Y cuando alguien sugería que antes de asumir nuevas responsabilidades necesitaban pasar por un proceso de acompañamiento, consejería, discipulado o sanidad interior, la respuesta casi siempre era la misma:
—¿Después de tantos años todavía tenemos que demostrar que somos maduros?
El pastor principal comenzó a observar algo preocupante.
La iglesia estaba creciendo, pero algunos líderes también estaban creciendo en influencia sin crecer necesariamente en carácter.
Una tarde, durante una reunión de liderazgo, uno de los jóvenes preguntó:
—¿Cómo sabemos cuándo alguien está listo para recibir más responsabilidad?
Uno de los líderes veteranos respondió rápidamente:
—Por su trayectoria. Si alguien lleva quince años sirviendo, algo debe haber demostrado.
El pastor guardó silencio unos segundos.
Después tomó una pequeña cámara que estaba sobre la mesa.
—Imaginen que esta cámara está grabando el culto del próximo domingo —dijo—. ¿Para quién debería estar apuntando?
—Para Jesús —respondieron algunos.
El pastor asintió.
—Entonces tenemos un problema.
Todos guardaron silencio.
—Porque algunos de nosotros llevamos años sirviendo delante de la cámara, pero hemos terminado pensando que la cámara es nuestra.
Nadie respondió.
—Nos acostumbramos a que nos reconozcan, a que nos consulten, a que nuestras opiniones tengan peso. Confundimos antigüedad con madurez, experiencia con carácter e influencia con aprobación de Dios.
Uno de los líderes veteranos cruzó los brazos.
—Pero tampoco podemos ignorar todo lo que hemos hecho por esta iglesia.
El pastor lo miró con serenidad.
—No lo estamos ignorando. Lo estamos agradeciendo. Pero lo que hiciste durante veinte años no garantiza que estés listo para lo que Dios quiere hacer contigo mañana.
Aquella frase cayó como una piedra.
El pastor continuó:
—Pablo no dijo que el que más años llevaba en una iglesia debía dirigirla. Las Escrituras hablan de carácter, dominio propio, humildad, fidelidad y madurez. El tiempo puede darte experiencia. Pero solamente permanecer cerca de Cristo puede transformar tu carácter.
Entonces tomó la cámara nuevamente.
—Un líder cristiano no debería preguntar: “¿Cuánto tiempo llevo aquí y cuánto me falta para subir?”. Debería preguntar: “¿Cuánto de Cristo se puede ver en mí?”.
Nadie habló.
—Porque si necesitan que la iglesia los siga a ustedes para sentirse valiosos, entonces hemos dejado de formar discípulos de Cristo y comenzamos a formar seguidores nuestros.
El pastor dejó la cámara sobre la mesa.
—Dejen de robarle la cámara a Jesús.
Algunos bajaron la mirada.
—Ustedes no son el centro. Yo tampoco. Ninguno de nosotros lo es. Somos instrumentos. Somos servidores. Somos quienes debemos desaparecer para que Él crezca.
Hizo una pausa.
—El faro no existe para que todos admiren el faro. Existe para que alguien pueda encontrar el camino.
Aquella noche no se asignaron nuevos cargos.
En cambio, el liderazgo comenzó un proceso diferente.
Algunos tuvieron que reconocer heridas que habían escondido durante años.
Otros tuvieron que pedir perdón.
Algunos descubrieron que llevaban demasiado tiempo sirviendo desde la necesidad de reconocimiento.
Y otros comprendieron que quizá no necesitaban otro título ministerial, sino sentarse nuevamente a los pies de Cristo.
No todos estuvieron de acuerdo.
Algunos se fueron.
Otros permanecieron.
Pero los que permanecieron comenzaron a entender algo que habían olvidado:
El ministerio no es una escalera para subir de posición. Es una cruz que nos enseña a morir a nosotros mismos.
Y cada vez que alguien preguntaba cuándo podría recibir un nuevo cargo, la respuesta comenzó a ser diferente:
—No preguntemos primero cuánto tiempo llevas sirviendo. Preguntemos cuánto has permitido que Cristo transforme tu vida.
Porque en aquella iglesia finalmente entendieron que la antigüedad puede decir cuánto tiempo llevas dentro del ministerio; solamente el carácter puede mostrar cuánto ha hecho Cristo dentro de ti.
Y desde entonces, cuando comenzaban los cultos, los líderes procuraban recordar una sola cosa:
Mover el reflector.
Para que la iglesia pudiera volver a ver al Cordero.
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